Introducción

Este fanzine es un proyecto en marcha que he estado escribiendo en mi cabeza y en papel desde hace ya varios años. Desde que hace algunos años decidí vivir permanentemente sobrio, me ha costado mucho encontrar espacios seguros. Tenía la esperanza de que al empezar a formar parte de comunidades radicales, activistas y anarquistas, encontraría a gente que compartiera, o al menos respetara, mis convicciones. Por contra, encontré una nefasta paradoja: los ambientes radicales tan acogedores y positivos en muchos aspectos, eran increíblemente inflexibles e insolidarios ante mi deseo de optar por espacios abstemios.

Tengo muchas razones para ser abstemio que no son «políticas» per se. Algunas son más emocionales o personales: amo mi cuerpo y quiero preservar mi salud. Personalmente me aterra la adicción, tiendo a los extremos así que pienso que si bebiera o me drogara me excedería; en mi familia ha habido personas alcohólicas y drogodependientes que han arruinado vidas. Otras son más pragmáticas: como activista participo en acciones que podrían ponerme en riesgo de ser detenido y los riesgos legales por posesión de drogas simplemente no merecen la pena, tengo mejores cosas en las que gastar el dinero. Sin embargo, las razones principales por las que he elegido este estilo de vida están especialmente conectadas a mis creencias políticas como revolucionario, feminista y anarquista. No creo que la mayoría de gente con la que trabajo a nivel político se dé cuenta o entienda que mi elección de no tomar drogas no es una preferencia personal o un molesto dogma puritano. Este fanzine es un intento de articular por qué considero la sobriedad como una parte crucial de mi anarquismo y mi feminismo.

He intentado presentarlo de manera que se combine teoría y análisis con mi experiencia personal. Las primeras secciones exploran las conexiones que veo entre la intoxicación y los diferentes tipos de opresión (siento si es un poco extenso en ocasiones); la siguiente habla sobre cómo la intoxicación se inscribe en las comunidades radicales y entonces presento dos vivencias personales y mis reflexiones al respecto antes de las conclusiones.

Soy consciente de que la gente abstemia no ha sido tradicionalmente conocida por presentar nuestros puntos de vista con respeto, por estar abierta a escuchar y a entender. Me encuentro sin duda entre aquellas a las que se les culpa de atacar a la gente con sus creencias. Con suerte este fanzine rectificará al menos en parte esta tendencia, explicando mi postura sin juzgar o culpar a la gente no-abstemia o sin que parezca que me creo superior al resto. Si no lo consigo me disculpo de antemano y sentiros libres de hacerme llegar vuestras críticas. Dicho esto, por favor sabed que mucha de la rabia que manifiesto con un tono «sentencioso» o «moralizante» proviene de la negación constante de un espacio seguro, del rechazo a reconocer la legitimidad de nuestros sentimientos y opiniones, de la alienación en la mayoría de ambientes sociales y de la indiferencia general en cuanto a nuestras preocupaciones, deseos y necesidades. Escribo esto con amor y con rabia y no pido perdón por ello.

Una breve observación sobre los términos

Me gusta el término «straightedge»[1], no porque esté especialmente interesado en los grupos o en el movimiento, sino porque me gusta la forma en que posiciona mi decisión de no beber o tomar drogas en una perspectiva más general como es la crítica social positiva y radical. Naturalmente, he visto que la mayoría de la gente —probablemente muches de vosotres también— no asocia más que connotaciones negativas con el término sXe[2]: machos blancos dando palizas a la gente, música de mierda, capullos súper dogmáticos y moralistas, e incluso extremistas anti-aborto. A pesar de mi completo rechazo por todo esto, sigo pensando que todavía hay esperanza de recuperar lo positivo del término. Pero como a la mayoría de la gente a la que he preguntado le supone más una traba que otra cosa, voy a quedarme con «sobrio» o «abstemio[3]» para los objetivos de este fanzine.

Aquí están algunas definiciones de algunos conceptos clave de los que hablaré:

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Intoxicación: estado de la mente alterado artificialmente producido por el consumo de drogas y alcohol.

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Cultura de la intoxicación: conjunto de instituciones, comportamientos y mentalidades centrados en torno al consumo de drogas y alcohol.

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Masculinidad patriarcal: forma de comportamiento y autopercepción de un hombre basado en jodidos valores sexistas.

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Anestesia: insensibilidad inducida artificialmente hacia sensaciones y sentimientos.

Masculinidad, cultura de la violación e intoxicación

Querides lectores: por favor sabed que en esta sección se incluye un debate sobre la violencia sexual y otras cuestiones que pueden resultar comprometidas o incómodas para algunas personas. Por favor, piensa en ti y decide el momento más apropiado para leer esto. ¡Gracias!

Una vez yendo en bici por el centro de Nueva Orleans vi un cartel que anunciaba un exclusivo licor, whiskey creo. El eslogan era: «Lo que hacen los hombres». El mensaje casi me pareció convincente, la única conclusión posible, supuse, es que no debo ser un hombre. Los medios animan a la gente socializada como hombre a reafirmar nuestra masculinidad a través de la intoxicación, especialmente a través del consumo de alcohol de tintes capitalistas. El cartel de whiskey que vi, junto con los anuncios de Budweiser que muestran «la camaradería masculina», varias compañías de cerveza que utilizan a hombres cosificando a mujeres en su publicidad y otra incontable cantidad de anuncios que presentan el alcohol como el hilo conductor de unión entre los hombres cuando se dedican a las actividades más varoniles. ¿Cómo puede sorprender entonces que el alcohol esté casi siempre presente en algunas de las actividades más «viriles» de todas — la violencia machista contra las mujeres, incluyendo la violencia doméstica, la agresión sexual y la violación?

La relación entre intoxicación, género y violencia es compleja. Una gran parte de la violencia de género —especialmente la violencia sexual y doméstica contra las mujeres— es cometida por hombres bajo efecto de alguna sustancia. Por supuesto, esto no quiere decir que el consumo provoque violencia pero sería igualmente estúpido ignorar la correlación. En las interacciones heterosexuales, los hombres que han aprendido de los medios y de la cultura pop a verse como los seductores y los que toman la iniciativa, usan el alcohol como forma de vencer la resistencia tanto de la deseada conquista sexual como de su propia conciencia. Al mismo tiempo, en esta cultura fuertemente puritana y adversa al sexo, muchos recurren al alcohol como único medio de superar la vergüenza que sienten por los deseos sexuales. En general, pienso que la extendida dependencia del alcohol en esta sociedad tratando de encontrar compañeres y mantener relaciones sexuales oculta nuestra sexualidad, repercute negativamente en la comunicación, reduce nuestra capacidad para dar y obtener consentimiento válido, mengua las probabilidades de prácticas sexuales seguras y respalda la cultura de la violación. Cuando esta dependencia y todos los peligros que implica conectan con las nociones patriarcales de sexualidad, especialmente las percepciones machistas de propiedad, la dinámica cazador/cazado y los mitos del «no significa sí», el resultado puede ser desastroso.

Como hombre, parte de mi decisión de vivir un estilo de vida abstemio o sXe se debe a la percepción de que el patriarcado y la cultura de la intoxicación van de la mano. La intoxicación se utiliza como excusa para justificar (y legalmente, como circunstancia atenuante de la condena) un gran abanico de comportamientos inaceptables, incluyendo el acoso sexual y la violación. En mi experiencia personal, muchas personas que conozco —la mayoría hombres— han modificado significativamente su comportamiento cuando estaban intoxicadas de formas que directamente refuerzan la opresión (por ejemplo, teniendo un discurso más abiertamente homófobo y misógino, siendo más agresivas sexualmente, etc.), y esperaban que el hecho de estar bajo el efecto de ciertas sustancias disminuyera de alguna forma su responsabilidad por estos comportamientos. La idea de que el consumo de alguna manera hace a alguien menos capaz de tomar decisiones racionales y compasivas debería ser una razón para abstenerse de consumir alcohol y drogas.

Al decir esto quiero dejar claro que no pretendo culpar a las víctimas; no existe justificación alguna para la violencia doméstica o la violencia sexual sin importar si el asaltante o la superviviente están o no intoxicades. Me niego a permitir que la intoxicación de alguien reduzca la culpabilidad de su mierda de comportamiento. Si hay alguna posibilidad de que beber o tomar drogas pudiera incrementar, aunque sea en lo más mínimo, la capacidad de ser violente o abusive, considero que es razón más que suficiente para ser abstemie. Si tomas la decisión de intoxicarte y te preocupas por vivir tus ideales con cierto sentido, necesitas un plan para asumir tu responsabilidad, ante ti mismo y ante otres, por tu comportamiento cuando decides intoxicarte, ya sea en situaciones sexuales o en otras.

Quiero enfatizar que esto no es algo que exista solo en la «cultura de masas» como si las comunidades anarquistas o radicales fueran inmunes a sus efectos. Las mujeres en nuestras comunidades están denunciando el acoso sexual, las agresiones y las violaciones por parte de hombres «radicales». En prácticamente cada caso del cual tengo conocimiento, el alcohol ha desempeñado un papel importante en los incidentes. Una de mis amigas más cercanas ha sido acosada sexualmente en múltiples ocasiones y agredida sexualmente por hombres anarquistas, quienes sobrios decían tener firmes y serias convicciones antipatriarcales. Sí, hombres anarquistas, feministas, hombres que decían estar luchando contra el patriarcado con todas sus fuerzas. Nosotros. Si nos tomamos en serio la obligación de ser responsables, aliados antisexistas de las mujeres, estoy totalmente convencido de que debemos ser muy críticos con las formas en las que nos intoxicamos[4].

Este hábito de cruzar los límites al intoxicarse no siempre se corresponde, como era de esperar, con criterios de género. Algunas veces las mujeres se aprovechan sexualmente de los hombres con la intoxicación; a veces la intoxicación de ambes o de todas las partes hace difícil establecer la responsabilidad; en ocasiones les participantes no concuerdan perfectamente con las casillas de género y las dinámicas de poder se manifiestan con más complejidad. El uso del alcohol para la coerción y el consentimiento dudoso también existe en las relaciones e interacciones de personas del mismo sexo, del que en algunos casos es especialmente complicado escapar debido al particular dominio de la cultura de la intoxicación en las comunidades queer. A pesar de que las influencias que reciben los hombres en nuestra cultura patriarcal de la violación contribuyen a elevar el índice de hombres que cruza los límites sin consentimiento, todes —hombres, mujeres y otres, tránsgénero y no-tránsgénero— tenemos la capacidad de violar a otres. Pero lo que es más importante, tenemos también la capacidad de empezar a ser aliades en la lucha por debilitar al patriarcado y construir una sociedad basada en el consentimiento. Creo que por eso, todas las personas que están comprometidas con la lucha contra la cultura de la violación y el patriarcado pueden beneficiarse examinando de forma crítica nuestros hábitos de intoxicación y debatiendo sobre las formas de imponer las mismas responsabilidades por nuestro comportamiento tanto cuando estamos intoxicades como cuando estamos sobries.

Opresión y anestesia

Mantener el privilegio y continuar oprimiendo a un grupo de personas sólo es posible cuando les opresores pueden considerar que la gente que oprimen no es plenamente humana. Una gran táctica en el proceso de deshumanización es la anestesia del opresor, insensibilizarse a une misme de tal forma que se sea incapaz de empatizar con la gente a la que se relega a un estatus sub-humano. Mab Segrest escribió un emotivo ensayo sobre cómo una estrategia fundamental para mantener el privilegio blanco es la anestesia de la gente blanca hacia el sufrimiento de la gente de color a través de la distancia (ojos que no ven, corazón que no siente), la racionalización, la intoxicación y otros métodos. Igualmente, la masculinidad opera forzando a los hombres a permanecer desconectados e impasibles ante la presencia de dolor físico o emocional, configurando la sensibilidad y la empatía como características «femeninas» (y por lo tanto inferiores). Construir la masculinidad como algo insensible —anestesiado— ha hecho posible el increíble sufrimiento infringido por parte de los hombres a las mujeres (y otros hombres) a través de la violencia, la violación, el abuso infantil, la negación de acceso al control de la natalidad y el cuidado médico, la familia nuclear patriarcal y de tantas otras formas. En este contexto, es totalmente lógico que la intoxicación esté vinculada con la masculinidad. La intoxicación a menudo reduce la capacidad de la gente de empatizar con otres, una parte esencial de ser opresor.

Una amiga mía señaló que cuando estaba en el instituto la mayoría de chiques que conocía que tenían alguna idea de lo que pasaba en el mundo se drogaban tantas veces como podían para neutralizar el dolor de esa conciencia. Puedo entender cómo los activistas que (teóricamente) actúan evitando ignorar el sufrimiento y la opresión en el mundo, se enfrentan a una terrible tentación de intentar evadirse, incluso temporalmente, del dolor que ven, sienten y contra el que luchan todos los días. Sin embargo, creo firmemente que si todo el mundo en nuestra cultura fuera plenamente consciente de la verdadera magnitud de lo jodida que está nuestra sociedad —y además se negara a simplemente ignorar el dolor de esa consciencia a través de diferentes métodos de intoxicación y anestesia, desde el alcohol a la televisión —la gente no lo soportaría.

Incluso teniendo en cuenta a la (minoría, creo, de) gente que es simplemente cruel y despreciable, de verdad creo que una población que realmente se enfrenta a las realidades de la pobreza, la opresión y la miseria generalizadas en esta cultura no puede hacerlo con la mente despejada y la conciencia tranquila al mismo tiempo. Cuando la mente no está despejada, tener la conciencia tranquila empieza a ser cada vez menos importante. Cuando la gente se niega a insensibilizarse y realmente vive el dolor de esta cultura, se incita a la acción. Creo que nuestra tarea como activistas o como gente que siente una llamada a cambiar esta cultura es primero y por encima de todo estar abiertes a ese profundo dolor, a sentirlo, llorarlo y odiarlo para que encienda fuego en nuestros pechos que arden con nuestra participación en la lucha revolucionaria.

Liberación juvenil y sobriedad

El icono más famoso del sXe, las equis (X) que algunes se dibujan en las manos, surgió de un gesto de solidaridad con la juventud. Hasta hoy, en los conciertos y eventos para todas las edades que sirven alcohol, a menudo las personas que recogen el dinero en la puerta dibujan equis negras en las manos de les chiques como señal de que no tienen permitido beber. Al principio de los ochenta, cuando Minor Threat empezó a lanzar el mensaje de la «abstención de sustancias estupefacientes» en la escena punk, la gente que se percataba de que les chiques llevaban una X como señal de que tenían prohibido el alcohol empezaron a dibujárselas en las manos, independientemente de su edad, para mostrar solidaridad con la juventud y un compromiso con la sobriedad. Por la existencia de la cultura de la intoxicación, los conciertos y otros eventos a menudo cuestan más para la gente joven o directamente no se les permite la entrada. La edad para beber sirve como herramienta legal para imponer la segregación y la discriminación hacia la gente joven, estableciendo todo un sistema en torno al consumo de alcohol que al mismo tiempo infravalora a la juventud y glorifica la intoxicación asociándolo como «maduro» y superior y con otras características positivas asociadas a la adultez.

Como resultado, entre la gente joven la mística de la cultura de la intoxicación les lleva a un consumo semi-sigiloso del alcohol y otras drogas, a menudo hasta un grado destructivo. Para les jóvenes de entre 18 y 22 años más o menos, justo antes de la edad en la que se permite beber, la capacidad de ser partícipe por fin del altamente codiciado privilegio de la cultura de la intoxicación les lleva al culto de la hiperintoxicación, reforzando esa mística todavía más. Cuando las consecuencias destructivas de drogarte se manifiestan dramáticamente en la gente joven como muestran los números de muertes por consumo excesivo de alcohol, les adultes con paternalismo y sin tener la menor idea señalan con el dedo con condescendencia y se lamentan de la presión social como causante, cuando es descarada y jodidamente obvio que las causas radican en sus propias acciones.

Toda la mística de lo adulto construida en torno a la intoxicación, las políticas inconsistentes e hipócritas que promueven sustancias potencialmente mortales mientras se oponen violentamente a otras menos dañinas, y la devaluación y la opresión de la gente joven en general se traduce con frecuencia en el deseo de emular los jodidos hábitos de destrucción inherentes a la intoxicación de la vida adulta con la vehemencia de la juventud. Que le den a la presión social —he sentido una presión sistemática e inexorable por parte de cada uno de los sectores de la sociedad adulta para que me intoxique a través de todos los medios posibles desde que tengo uso de razón. ¿Realmente les adultes piensan que «un programa de educación sobre las drogas» en quinto grado y algune invitade condescendiente que intervenga en la clase de salud del instituto cancelaría los efectos de todo un sistema social basado en la opresión, en el que se necesita de la intoxicación y la anestesia para sobrevivir?

Mi decisión de abstenerme totalmente de la cultura de la intoxicación tiene mucho que ver con mi deseo por la liberación juvenil. Quizá no quiera el privilegio que viene con la adultez de destruir mi cuerpo legalmente. Quizá no me trague el argumento de que solo les adultes —siendo naturalmente superiores a les chiques, siguiendo la lógica chovinista adulta— son lo suficientemente responsables para controlarse cuando se drogan. Creo que lo sorprendente es ser lo suficientemente fuerte como para sobrevivir sin drogarte— si empezar a ser adulto significa aceptar la necesidad de insensibilizarme a mi mismo y aceptar el status quo, entonces que le den, voy a ser como Peter Pan y nunca crecer.

Vida social e intoxicación

¡De verdad, una de las razones por las que vivir en una sociedad que bebe constantemente me molesta es que hace las conversaciones jodidamente aburridas! Casi nunca puedo salir con un grupo grande sin que la conversación derive durante un tiempo considerable hacia la bebida, emborracharse, quién hizo qué cuando se emborrachó, cómo de jodido van a acabar este y el otre… bla, bla, bla. ¿¡A quién coño le importa?! ¿De verdad la gente está tan aburrida la mayor parte del tiempo que no tiene conversación sin que su conciencia esté corporativamente-alterada? ¿En serio no podemos pensar en nada más interesante de lo que hablar que en nuestra autodestrucción? ¿Qué hay de nuestros sueños, nuestras pasiones, nuestras ideas y planes locos o nuestras esperanzas y nuestros miedos? Odio ir a fiestas donde la intoxicación entumece la individualidad convirtiéndola en papilla, en las que puedo tener la misma charla sin sentido con cien personas pero no tener una conversación con algo de fundamento con una sola de ellas. ¿Soy asocial por quedarme en casa con une buene amigue o un libro cuando esa es la alternativa?

Más allá de las conversaciones aburridas, la dependencia al alcohol limita nuestras vidas sociales de otras formas. En la cultura del bar, la interacción pública está limitada a contextos donde tenemos que comprar algo para pasar tiempo con otra gente. Nos hace estar peor preparades para disfrutar de la compañía de otres en actitudes corrientes y sin intervención corporativa. Nos relacionamos con otres a través de la compra, el consumo, la insensibilidad y las cosas en lugar de creando, experimentando, sintiendo y con nuestra personalidad. En vez de desafiarla, aceptamos la premisa de que necesitamos el capitalismo consumista para ser capaces de «relajarnos», pasar un buen rato y superar los complejos y las autolimitaciones que constriñen nuestras vidas.

Intoxicación y cultura corporativa.

Sé de una cantidad perturbadora de gente en comunidades radicales que gasta todos sus ingresos en alcohol y tabaco. Gente que roba de la cooperativa de comida local porque no quiere pagar por la comida, irá calle abajo a la cadena de tiendas multiservicio y despilfarrará el poco dinero que tiene en alguna de las más jodidamente malvadas corporaciones que hoy en día existen. Parece que se hace la vista gorda en torno a la consideración ética del consumo de tabaco y alcohol. Les chiques que estén en contra de Wal-Mart o Exxon por sus prácticas laborales o medioambientales, mirarán a otro lado para comprar tabaco o cerveza de tiendas con un impacto tremendamente negativo en comunidades locales, que son producidos por empresas que encarnan todo lo horrible del capitalismo global. Felicitaciones a les chiques que al menos hacen un esfuerzo para comprar productos locales, cultivar/elaborar por su propia cuenta y demás; pero la industria se alimenta de elles igual sabiendo que cuánto más dependan de la estimulación química, menos les importará de dónde venga.

Plantar tabaco es increíblemente dañino para la tierra, después de tres años de cosechas de tabaco, el suelo está tan agotado que no se puede cultivar nada en los siguientes veinte. El tabaco (cultivado por sierves contratades y esclaves) fue la única razón por la que la primera colonia inglesa en América consiguió sobrevivir y con el incremento del número de colonos blancos demandando nuevas extensiones de tierra cada tres años para mantener la economía colonial, no es exagerado afirmar que el tabaco motivó el robo de tierras indígenas siendo uno de los mayores catalizadores de la campaña genocida contra les indígenas de este continente y que continúa a día de hoy. Este proceso continúa alrededor del mundo en tanto que las compañías de tabaco constantemente absorben nuevas parcelas de tierra para alimentar las ansias de millones de adictes en todo el mundo. Para conseguir terreno, las empresas roban tierras públicas o de tribus indígenas, se las «compran» a campesines tan empobrecides por el capitalismo global que no tienen otra opción salvo vender (así resulta más fácil forzarlos a trabajar en las nuevas fábricas) o modifican el uso de tierras que antes se dedicaban a cultivos alimenticios para dar de comer a la gente en lugar de envenenarla.

En la mayoría de naciones en el sur global, el tabaco se seca con humo, un proceso de mano de obra intensiva que exige la deforestación masiva. Un investigador estimó que el cultivo de tabaco y su procesamiento equivalía a uno de cada ocho árboles cortados en los países subdesarrollados. A medida que aumenta la cantidad de tierra ecológicamente devastada por el cultivo de tabaco, el ciclo se acelera, disminuye la tierra disponible para la producción alimentaria y aumentan los químicos mortales y la necesidad de las cepas genéticamente modificadas para que algo crezca. Las compañías tabacaleras ofrecen subsidios y apoyo técnico a les granjeres en los países en vías de desarrollo para pasar de la producción de alimento a la de tabaco y ya que los programas de ajuste estructural del FMI han diezmado el respaldo público a la agricultura, muches granjeres no han tenido más elección que la reconversión, intensificando la hambruna en la nación e incrementando su dependencia del mercado capitalista global. El tabaco es el eje de un sistema mundial tremendamente desequilibrado como es la agricultura capitalista que prioriza el derecho del primer mundo a envenenarse al derecho de la gente del tercer mundo a comer.

Intoxicación en comunidades oprimidas

Las drogas y el alcohol son armas coloniales utilizadas contra le gente de descendencia africana en los Estados Unidos. Frederick Douglas señaló en su relato sobre la esclavitud, que durante las festividades los amos alentaban deliberadamente a les esclaves a beber en exceso para sesgar sus ideas de lo que era la libertad y fomentar la pasividad el resto del año. Desde tiendas de licores de propietarios absentistas[5] en losbarrios afroamericanos hasta la introducción del crack por la CIA como arma contra las comunidades afroamericanas, la población blanca se ha beneficiado de las comunidades afroamericanas usando el agotamiento económico, el desgaste físico y el conflicto y la violencia social exacerbada por el alcohol y las drogas. La tradición revolucionaria afroamericana en Estados Unidos fue marcadamente propensa a la sobriedad, de Malcolm X, a las Panteras Negras o a Dead Prez, denotando el vínculo existente entre la opresión negra y la cultura de la intoxicación.

«Cuando une esclave estaba borrache, su dueño no tenía miedo de que planeara una insurrección, no tenía miedo de que escapara al norte. Era el esclavo sobrio, el que piensa, el que era peligroso y el que necesitaba de la vigilancia de su amo para no perder su condición de esclavo». – Frederick Douglas.

El alcoholismo ha devastado por completo casi todas las comunidades nativas que todavía existen en Norteamérica. El abuso de alcohol ha dañado considerablemente las positivas estructuras comunitarias que sobrevivieron al genocidio europeo. Durante los últimos cientos de años, el alcohol ha sido usado por les oportunistas blanques como un medio para convencer a la gente nativa de firmar «tratos» que les desposeía de sus tierra, y como una estrategia deliberada para sembrar desacuerdo en comunidades donde reinaba la unión, la armonía y la sobriedad. Actualmente el alcoholismo es una de las causas principales de muerte entre la gente nativa; alrededor de las reservas que han prohibido el alcohol, principalmente en los «pueblos de borrachos» blancos han aparecido docenas de bares y tiendas de licores gubernamentales (ABC stores[6])justo en los límites de la reserva para convertir la adicción indígena en beneficio capitalista, a menudo con consecuencias funestas.

Las comunidades queer y trans luchan con índices de alcoholismo extremadamente altos, debido tanto a un intento de escapar de la presión por esconder su sexualidad a la familia, a les amigues y a la sociedad, como a que el alcohol sea la forma de ocio más importante en la cultura queer convencional. Las compañías de cerveza son algunos de los principales patrocinadores de las celebraciones del «orgullo» y se anuncian en la mayor parte de las publicaciones queer. En la mayor parte de los Estados Unidos, los principales espacios de interacción social queer (o incluso espacios seguros) son bares cuya principal función es vender intoxicación. Una de las primeras organizaciones expresamente de homosexuales y lesbianas en muchos pueblos es una sección de Alcohólicos Anónimos. Los índices de abuso de sustancias entre queers son también graves con un sinnúmero de raveres[7] y club queens[8] consumidas por la cocaína, el cristal, el éxtasis y otras sustancias. La epidemia del sida y otras enfermedades de transmisión sexual continúa, a pesar de los increíbles esfuerzos de educadores y activistas alrededor del país, en gran medida por las prácticas sexuales de riesgo que se realizan bajo el efecto de las drogas. Para les queer sobries, prácticamente no existen espacios físicos o sociales.

Intoxicación y comunidades radicales

Me frustra la reticencia de comunidades «activistas», «anarquistas» o «radicales» a reconocer lo jodida que puede ser/ir (juego de palabras[9]) la cultura de la intoxicación. Desde que me interesé por el pensamiento radical, estas conexiones me han parecido muy obvias, pero el hecho de que tan poca gente pareciera estar de acuerdo me hacía preguntarme si quizás era yo quien estaba completamente equivocado. El (ab)uso de alcohol, tabaco y diferentes grados de consumo de drogas han sido costumbres esenciales en la vida de la gran mayoría de gente radical con la que he trabajado. Excepto algunas amistades aisladas, ha sido recientemente que he empezado a contactar con otres sobries radicales y casi todes nos identificamos con un sentimiento de aislamiento dentro de nuestras comunidades, de alienación por parte de nuestres compañeres y de frustración por la falta de apoyo que sentimos por crear espacios seguros y sobrios.

Aunque el hecho de que seamos les poques, les solitaries y les sobries no significa para nada que seamos les úniques que vemos o nos quejamos sobre los problemas que causa la infiltración de la cultura de la intoxicación en las comunidades radicales. Mis conversaciones personales con distintas personas no abstemias a menudo revelan una preocupación real sobre las consecuencias negativas de su dependencia personal y social con las drogas y el alcohol. Mi experiencia personal y la experiencia de un gran número de mujeres, gente afroamericana, y personas trans y queer con las que he debatido el tema me confirman cómo de hipócrita puede ser la gente al afirmar que están luchando contra la opresión mientras participan profundamente en la cultura de la intoxicación. La gente parece estar cada vez más ciega ante un tema que nadie está dispueste a tocar.

Creo que ya va siendo hora (jaja) de que nuestras comunidades dialoguen de forma fructífera sobre el asunto de la sobriedad y la intoxicación — y va a tener que haber aliades no sobries que se posicionen y tomen roles activos junto a la gente abstemia para que funcione. Es necesario que negociemos acuerdos para crear centros y espacios colectivos, reuniones sociales, conciertos y eventos, y otros espacios en nuestras vidas que respeten las necesidades tanto de la gente sobria como de la que no, con un énfasis particular en el respeto a las peticiones de las mujeres y les trans, cuyas necesidades son las que con menos frecuencia se consideran al elaborar las normas comunitarias. Esto no es algo a lo que muchas de nuestras comunidades estén acostumbradas pero en mi opinión es absolutamente esencial. Este proceso tiene el potencial de ser una transformación revolucionaria, ya que poco a poco pasaríamos de ser un grupo de gente indirectamente asociada que trabaja junta, a una verdadera comunidad donde respetaríamos las necesidades de cada une y nos responsabilizaríamos mutuamente.

Intoxicación y «autonomía» versus Responsabilidad

En el proceso de elaboración de acuerdos comunitarios, algunas personas pueden sentir que se le está negando su derecho a la «autonomía», su derecho a vivir sus propias vidas como quieran, en especial el derecho a consumir si lo desean. Personalmente, apoyo sin reservas el derecho de cualquier individue a que se joda a sí misme con químicos tanto como quiera, sin sanción de ningún tipo por parte ni del estado, ni de la religión organizada ni de escritores de fanzines moralistas. Sin embargo, solo apoyo ese derecho en tanto que la destructividad de las decisiones se queden en une misme tal y como algune sabie dijo una vez, «tu derecho a dar un puñetazo termina donde comienza mi nariz». Y diría que muy pocas personas que eligen consumir se preocupan verdaderamente por cómo sus decisiones repercuten en otres, particularmente en la gente oprimida.

Desde el apoyo financiero de corporaciones de mierda, hasta la persecución a gente afroamericana y a las comunidades queer, el incremento de los índices de adicción y destrucción en esas comunidades, la conexión entre la intoxicación y la masculinidad patriarcal, la actitud tóxica hacia las mujeres que a menudo se eleva con la intoxicación… NO es una simple elección personal que haces por ti misme, en una burbuja, para fumar, beber o tomar drogas. Hay una increíble carga que influye en la decisión de consumir que en las comunidades activistas, en mi experiencia, raramente se reconoce.

Algunes anarquistas ven la anarquía como la capacidad de hacer lo que quieran sin tener que asumir la responsabilidad de sus acciones ante nadie más. Personalmente pienso que ese tipo de actitud es la típica estupidez americana del «individualismo a ultranza» presentada como una falsa alternativa radical, porque no cuestiona el distanciamiento mutuo que sufrimos bajo el capitalismo y el estado. Si nuestra sociedad reemplaza la genuina cultura comunitaria por la de consumo, la autoridad y la opresión, ese tipo de anarquismo sencillamente rechaza cualquier idea de comunidad. Para mí, el anarquismo consiste en reemplazar la falsa comunidad del estado y la cultura de consumo con una cultura comunitaria basada en el apoyo mutuo más que en la competición, la economía del don[10] en lugar de la capitalista, y acuerdos colectivos basados en la asociación voluntaria y de pleno consentimiento en lugar de reglas y leyes basados en la violencia y la coerción estatal. En lugar de rendir cuentas a la autoridad, quiero que nos rindamos cuentas entre nosotres. Un parte bastante importante de esto es que las comunidades radicales seamos capaces de apoyarnos y de mantener conversaciones sobre cómo el alcohol y las drogas repercuten en nuestro trabajo, nuestros espacios, nuestras relaciones, y nuestra unión, y determinar qué tipo de acuerdos y límites nos parecen oportunos.

Un ejemplo perfecto del tipo de respuesta de base comunitaria al alcohol y las drogas a la que me refiero, es el movimiento zapatista en el sur de México. Durante las semanas que pasé en Chiapas conociendo su lucha, aprendí algo de lo que la mayoría de chiques con las camisetas del subcomandante Marcos no hablan: en todas las comunidades zapatistas autónomas el alcohol está prohibido. No se venden ni se consumen bebidas alcohólicas en ninguno de los municipios autónomos, y en las señales que indican que estás entrando a territorio zapatista sublevado contra el gobierno mexicano, muchos estipulan específicamente que son espacios libres de alcohol y drogas. También me enteré de que fue una demanda fundamental de las mujeres que participaban en las asambleas sobre la nueva sociedad que estaban construyendo. Las mujeres mexicanas sufren los efectos del alcoholismo con más dureza por el abuso doméstico y sexual, y porque ser dependiente financieramente de los hombres en una sociedad patriarcal significa que cuando los maridos gastan el dinero familiar en bebida, las mujeres tienen que luchar para pagar su comida y la de sus hijes. La directora de un colectivo feminista en San Cristobal con quien hablé dijo que el abuso de alcohol por parte de los hombres es uno de los principales problemas a los que se enfrentan hoy las mujeres en México.

En consecuencia, las comunidades accedieron a la demanda de las mujeres de establecer comunidades libres de alcohol y drogas, a pesar de que muchos hombres querían poder beber. Algunos pueblos incluso se separaron por este asunto. Actualmente es la comunidad la que vela por el cumplimiento del acuerdo de cero alcohol y casi siempre se respeta. La gente que se niega a respetar la prohibición son condenadas al ostracismo o, si se niegan a cambiar su comportamiento, se exponen a la expulsión de la comunidad (por cierto, es casi insólito llegar a ese punto). Una persona que conocí que había pasado por Guatemala y partes del sur de México en su viaje a Chiapas mencionó que en la mayoría de los pueblos rurales por los que había pasado, la mayoría de hombres estaban bebidos a las diez de la mañana, todos los días. Las comunidades zapatistas, observó, tenían un ambiente completamente diferente; la gente había conseguido hacer más cosas y se trataban con más respeto entre elles.

Menciono este ejemplo por una serie de razones. La primera, pienso que muches alcohóliques anarquistas que supuestamente idealizan la lucha zapatista podrían estar dispuestes a aprender cómo esas comunidades lidian con el alcohol y las drogas. También, me temo que tal prohibición podría resultar «autoritaria» o algo peor para muches anarquistas norteamericanes. Esto llega al centro mismo de la diferenciación que yo hago entre anarcoindividualismo y anarcocomunismo. No hay nada de autoritario, en mi opinión, en el acuerdo alcanzado colectivamente para abstenerse de comportamientos individuales que la comunidad decide que son dañinos para ella como colectivo. La clave del proyecto autónomo zapatista es que está totalmente basado en la asociación voluntaria, ninguna comunidad o individuo está forzado a participar. Muchos pueblos han elegido no ser parte oficial de la red de municipios autónomos a no ser que accedan a todos los acuerdos hechos por el movimiento zapatista, y no pasa nada.

Es más, los acuerdos zapatistas sobre el alcohol son un ejemplo de reconocimiento efectivo y un justo respeto a la autonomía de las mujeres. ¿Cuántos grupos anarquistas o comunidades en Estados Unidos que afirman ser feministas han adoptado los deseos y necesidades de las mujeres de forma efectiva en la práctica —o ni siquiera se han molestado en preguntar? Considerándolo todo, la gente envuelta en esta lucha decidió colocar el bien de su comunidad, determinado a través del consenso, por encima de la «libertad» sin restricciones de les individues para hacer lo que quieran. Retaría a nuestras comunidades anarquistas en el norte a pensar críticamente sobre nuestras prioridades y a lidiar con esas difíciles cuestiones acerca del individuo y la comunidad, la autonomía y la responsabilidad.

Relato #1

Mi primera comunidad activista cuando me mudé al pueblo donde vivo ahora gestionaba una librería colectiva, un espacio maravilloso lleno de radicales trabajando en proyectos positivos. Solo un mes o dos después de que empezara a estar muy involucrade, fui invitade a participar en un retiro con la junta directiva en una casa costera a varias horas de donde vivía. Había escuchado a la gente bromear de lo divertido que iba a ser con alcohol de por medio, lo cual me hizo sentir insegure inmediatamente. El hecho de que no condujera y no tuviera forma de irme si me sentía insegure, que todavía no conociera muy bien a mucha de la gente que acudía y que fuera la única persona joven, me hacía sentir nerviose respecto a la situación. Compartí mis reparos con una amiga que trabajaba en la tienda. Me aseguró que no habría mucho alcohol, que la gente no se emborracharía demasiado, y que si me sentía insegure podría acudir a ella. Con esa garantía, con cierta reticencia, acepté.

El sábado por la noche dos personas se fueron a conseguir alcohol, y volvieron con cuatro cajas de cerveza y varias botellas de licor. Todo el mundo excepto yo era adulte y todo el mundo excepto yo bebió bastante esa noche, incluyendo mi amiga, la que dijo que podría acudir a ella. Me sentí muy incómode, pero no tenía ninguna forma de irme, ni idea de dónde estaba ni ninguna alternativa de entretenimiento, así que simplemente me quedé sentade. A la mañana siguiente empezamos con nuestro trabajo horas más tarde de lo que habíamos planeado porque la gente tenía resaca y quería dormir. Cuando preguntaron al final del retiro, mencioné que una cosa que cambiaría era que hubiera menos alcohol, pero no me sentí lo suficientemente cómode como para expresar todo lo seriamente alienade e insegure que me sentí, o buscar la manera de hacer responsable al grupo la próxima vez. Nadie habló más del tema ni se interesó más allá por mi incomodidad. No sé cómo abordar el tema sin poner a la gente a la defensiva y siento que estoy siendo egoísta, quejique, hipersensible, une aguafiestas o anti-democrátique al expresar cómo me siento al respecto. Honestamente, no pienso que sea justo pedir al grupo que se prohíba completamente el alcohol durante el retiro, especialmente porque cada una de las personas de un grupo de quince más o menos excepto yo, disfruta bebiendo y a pesar de ello, la única alternativa parece ser que yo, por defecto, finja sonreír y me siente incómodamente en situaciones que me hacen estar insegure y sole.

Una forma de abordar tal situación para que la gente sobria se sienta segura y capaz de participar, podría ser garantizar de antemano que al menos una o dos personas estén allí y se comprometan a permanecer sobrias durante la noche (tanto si lo hacen normalmente como si no). De esta forma, el grupo podría beber si así lo decide, y la persona sobria podría tener una forma de sentirse segura con alguien, o irse si lo necesita y no sentirse totalmente aislada. Sugeriría encontrar a alguien en quien confíes mucho y sepas que se comprometerá a estar sobrie una tarde, y no olvidar preguntarles que se comprometan por adelantado, así no se crearán la expectativa de intoxicarse durante la actividad. Otra posibilidad sería sugerir a la gente que participa el hacer la actividad sin alcohol, especialmente si es un grupo o evento pequeño, o simplemente negarse a ir y dejar claro que la razón es la presencia de drogas y alcohol. Decidas lo que decidas, probablemente resultará más beneficioso explicar tu incomodidad tranquila y detalladamente, y tener cuidado de no juzgar o tener prejuicios sobre el comportamiento de otras personas. Si la gente que se decide por la sobriedad dejamos de poner excusas, de quedarnos en casa o de guardar silencio cuando nos sentimos insegures, podríamos empezar a dialogar sobre el tema de la intoxicación en las comunidades activistas que ayudará a crear espacios sociales para la gente abstemia.

Relato #2

Fui a un campamento de defensa ambiental en la montaña durante una semana con alrededor de 150 chiques. Estaba bastante nerviose por ir allí sin forma alguna de escapar de la situación y de un gran grupo de gallitos primitivistas amantes del alcohol, pero decidí que era más importante ir y aprender lo que pudiera. Las cosas fueron sorprendentemente bien la mayor parte de la semana; a mitad de semana hicimos una fogata con poco alcohol y cantamos juntos y fue la hostia. La última noche se planeó una gran fiesta, se preparó todo tipo de cerveza de barril, de elaboración casera y otras. Me sorprendió que les organizadores estuvieran realmente preocupades por garantizar un espacio seguro para la gente que quería permanecer sobria y tuvieran previsto realizar un acuerdo comunitario con antelación que incluyera zonas específicas sin alcohol, etc. La reunión de todo el grupo terminó por la cena antes de que la conversación pudiera darse, así que un grupo de más o menos quince personas interesadas en ver que los espacios sin alcohol fueran asegurados se quedó hasta tarde y habló de diferentes opciones; más sorprendente fue que casi todo el grupo eran personas que tenían pensado beber, pero querían ser aliades para la gente abstemia. Después de una frustrante y larga ronda de negociaciones, con la ayuda de individues encargades de reunir leña y cavar el hoyo, se montó una zona con fogata aparte, donde no solo no había alcohol, sino que era solo para las personas que no habían tomado alcohol aquella noche. Estaba bastante emocionade, nunca antes había estado en un espacio donde se reconociera siquiera que las personas sobrias tienen necesidades legítimas, y menos aún donde hubiera un esfuerzo por crear un espacio seguro propio, y se considerara una prioridad.

Así que pasé esa tarde en el campamento abstemio… junto con unas cinco o seis personas más. Éramos un grupo bastante discreto y por una vez me sentí claramente abatide. Era genial tener compañía, pero no podía quitarme de encima la sensación de estar en cuarentena. Estábamos sólo a unas pocos cientos de yardas de la fogata masiva de bebedores, con más de un centenar de chiques gritando y bailando desenfrenadamente. Sin embargo, ningune de elles podía venir a nuestro fuego y la mayoría de nosotres no se sentía ni remotamente a gusto yendo al suyo, a pesar de que la mayoría de nuestres amigues, cuelgues o ligues estuvieran allí. Después de treinta o cuarenta y cinco minutos, la mayoría de nosotres nos habíamos quedado frites en nuestras tiendas de campaña, con los gritos de les juerguistas resonando en nuestros oídos. Me senté taciturne cerca de las cada vez más apagadas brasas durante un buen rato, tratando de entender por qué me sentía tan abatide. ¿No es esto lo que quería? ¿nuestro propio lugar seguro aparte? Me sentí culpable por no apreciar suficientemente lo que sin duda fue el mayor de los esfuerzos realizados en un espacio radical para atender mis necesidades. Al final, mientras a lo lejos la gran fiesta se apaciguaba convirtiéndose en voces aisladas peleando y maldiciendo o sollozando, deambulé hasta la cama sintiéndome más sole y aislade que nunca.

Esa experiencia representó una mezcla de elementos positivos y negativos, y podría señalar algunas soluciones constructivas. En el lado positivo, les organizadores y participantes (al menos una parte) sí hicieron un esfuerzo sustancial durante el día para diseñar un espacio alternativo sobrio que fuera seguro; en el lado negativo, la mayor parte del grupo no participó en el proceso, y la mayoría de la gente simplemente fue informada de que si tenían planeado beber, no les estaba permitido ir a una determinada área, reforzando la dicotomía absoluta sobrie/no sobrie que me hacía sentir aislade. En el lado positivo, muches aliades no-sobries se ofrecieron para asegurar que se promovieran espacios seguros, lo que creo que es de vital importancia; en el lado negativo, les aliades no apoyaron con una participación activa en los espacios seguros, sino que se excluyeron, excepto una persona, y no muches sobries, para quienes fue diseñado el espacio, participaron en su planificación. En el lado positivo, el espacio fue creado y respetado; en el lado negativo, no había prácticamente nadie, y no fue demasiado divertido, aunque todo el mundo estaba de acuerdo en que se alegraba de que existiera. La proximidad de la fiesta «principal» con alcohol, la tremenda desproporción del número de personas no sobrias y sobrias, la falta de actividades más allá del espacio y la hoguera, el sentimiento de estar en cuarentena y la falta general de apoyo entre muches participantes del campamento (exceptuando a les organizadores y a les maravilloses aliades) hicieron que la realidad del espacio seguro no estuviera a la altura de las expectativas.

Para mejorar la situación en el futuro, éstas son algunas cosas que podrían cambiarse:

  1. Asegurar una participación más amplia en el proceso de creación de espacios sobrios seguros, hacerlo parte de la discusión de todo el grupo, designar un comité de la gente que realmente planea quedarse sobria una parte central del proceso, y decidir qué mecanismo de responsabilidad se seguirá para la elección.

  2. Cuando las circunstancias lo permitan, alejar lo suficientemente el espacio de la zona central de alcohol, para que no dé la sensación de que estamos siendo empujades fuera de la diversión «real», y no sintamos la necesidad de defender el territorio como nuestro único cuadrado de espacio seguro.

  3. Planear no sólo espacios, sino también actividades para la gente abstemia — ser creatives y flexibles, lo que sea que la gente piense que puede ser interesante y divertido. Girar la botella, la búsqueda del tesoro, pilla pilla, twister, ginkanas, baile, ¡cualquier cosa! La idea no es sólo hacerlo más divertido, sino crear un incentivo para que algunes de les que no siempre están sobries se comprometan a no consumir durante la tarde para que puedan pasarla con un grupo divertido. Esto puede ser el mejor tipo de defensa de la abstención — ¡mostrar que les abstemies pueden festejar mejor incluso que la gente que bebe!

Conclusión: ¿El comienzo?

Con suerte, algunas de las ideas de este fanzine habrán sido de ayuda o provocadoras, o quizá hayan mostrado las cosas con diferente luz, o de un punto de partida para mostrar preocupación por la gente sobria en tu comunidad. No espero que la mayoría de gente acepte o esté de acuerdo con todo lo que he escrito, pero con suerte abrirá unas cuantas mentes y corazones y empezará algunos debates. También, algunes de nosotres estamos pensando desarrollar una red de apoyo para gente sobria para compartir recursos, desarrollar propaganda, iniciar conversaciones en nuestras comunidades, identificar espacios seguros y apoyarnos entre nosotres cuando nos sintamos aislades. Es un largo camino hacia un mundo menos jodido, pero con honestidad, diálogo y con el apoyo de otres podemos empezar a encaminarnos en esa dirección. Hasta entonces,

con amor y rabia,

Nick Riotfag.

Después de hacia un mundo menos jodido: cinco años y sumando.

En los cinco años desde que originalmente lancé el fanzine Hacia un mundo menos jodido: Sobriedad y lucha anarquista, he tenido cientos de conversaciones con gente que leyó el fanzine y se sintió emocionada en un sentido u otro. Cuando lo escribí y lo publiqué, nunca hubiera esperado que impactara en un rango tan amplio de gente. Pero el hecho de que lo haya hecho me demuestra que hay un deseo tremendo de confrontar las realidades del consumo de sustancias y la intoxicación en las comunidades radicales. En este pequeño ensayo hablaré un poco sobre cómo el fanzine tomó forma y cómo ha respondido la gente, contextualizándolo dentro de otras discusiones sobre la sobriedad radical que han tenido lugar en espacios punk/anarquistas. Con suerte trazar esta trayectoria a través del prisma de un fanzine y su acogida proveerá un contexto para la posible sobriedad radical en la resistencia anarquista en Estados Unidos.

Cómo tomó forma

Las ideas que al final se fusionaron en Hacia un mundo menos jodido, empezaron a tomar forma cuando tenía diecisiete o dieciocho años y empecé a estar cada vez más involucrado en corrientes de acción anarquista y radical más amplias. Yendo a conferencias, reuniones, movilizaciones de masas e incontables espectáculos y lo que fuera, empecé a darme cuenta de que los patrones del uso de drogas y alcohol a menudo reforzaban, más que dificultaban, la opresión. Mi decisión personal de permanecer abstemio cristalizó con mi política: cuanto más seguro estaba de redondear mi «A», más convencido me sentía de mi sobriedad. Pero para mi sorpresa y frustración, mis camaradas de lucha raramente veían las cosas de la misma forma. La pregunta que más me desconcertaba siempre era ésta: ¿por qué la gente radical no se cuestiona los mismos tipos de críticas y autocríticas sobre el consumo de alcohol y drogas al igual quehacemos con muchos otros aspectos de nuestras vidas y comportamientos? ¿Qué tiene de particular la embriaguez, que tan sólo mencionarla provoca profundas actitudes de defensa, rechazo y ridículo?

Empezar a entender estas reacciones significa lidiar con el impacto de sXe entre punks, anarquistas y radicales en Estados Unidos. Conforme crecía, sólo conocí a una persona que se autoidentificaba como chico sXe. Era un imbécil bastante homófobo cuando se declaraba sXe, y después de un año más o menos se quitó la X de las manos y empezó a drogarse con el resto de punks. Así que aparte de mi interacción con un solo integrante (completamente insignificante) del movimiento sXe, nunca estuve conectado, o fui consciente incluso de un mundo o movimiento sXe — ¡nunca supe siquiera que existiera algo tal como una música sXe hasta que no tuve 19 años! Sólo había escuchado el término como referido a la sobriedad.

Entonces, cuando empecé a participar en los círculos punks y anarquistas, empecé a escuchar las horribles historias de chicos sXe que acosaban y pegaban a consumidores de alcohol o drogas, que manifestaban su gran masculinidad hasta un extremo absurdo y actuaban demostrando actitudes increíblemente prejuiciosas y ofensivas. Ante mi decisión de mantenerme intencionalmente sobrio, mucha gente que conocí carecía de información para entender una sobriedad consciente y radical. Para elles la sobriedad solamente estaba conectada con una identidad violenta, sectaria y fanática. Cuando rechacé la reputación que el sXe había adquirido entre muches radicales y anarquistas, poco a poco, la actitud defensiva que me encontré empezó a ser más comprensible.

Pero conforme empecé a conocer a chiques reales del sXe, la mayoría siempre amigables y respectuoses, comencé a dudar de cuán reales eran todas las historias. ¿Estaban les consumidores utilizando al sXe como espantapájaros en el que proyectar todas sus fantasías pesadillescas de estupides, puritanes, dementes anti-drogas? ¿Enfatizaban el mito de un crío sXe violentamente prejuzgado como medio para evitar analizar críticamente sus propios hábitos de intoxicación y su impacto en nuestro entorno? Aunque por supuesto no niego que algunas personas hayan tenido experiencias negativas con individues sXe, no pueden seguramente superar la innumerable carga de experiencias negativas que todes nosotres hemos tenido con consumidoresmolestes.

Al mismo tiempo, me pregunto si estaba empezando a encarnar algunas de esas cualidades proyectadas. Cuando discutía mis decisiones con otres, ¿estaba transmitiéndoles algo que se interpretara como un juicio, sermón o confrontación? ¿Al etiquetar mi decisión de permanecer completamente sobrie tanto por razones políticas como personales con el término «sXe» estaba colocándome en una posición que garantizaba promover actitudes defensivas? ¿Estaba acabando con el diálogo más que facilitarlo?

Aunque la solidaridad que descubrí con otres individues que afirmaban ser del colectivo conllevó algún tipo de apoyo, con mayor frecuencia me di cuenta de que usar el término para describirme hacía más difícil en lugar de más fácil conectar con la gente con la que realmente quería discutir cuestiones de la cultura de la intoxicación. Conforme incrementaba la importancia que tenía para mí debatir con consumidores de drogas y alcohol sobre cómo negociar normas positivas y de respeto mutuo, me encontré alejándome tímidamente de la etiqueta de sXe. Quería transmitir que mi posición de sobriedad venía de mis convicciones anarquistas y feministas, no sólo de una preferencia individual, aunque sin tener que depender del problemático legado del sXe para hacerlo.

Así que escribí Hacía un mundo menos jodido en un esfuerzo por saber más sobre la discusión sobre la sobriedad y la intoxicación lejos del contexto del sXe y la mitología que lo rodea. Quería discutir la sobriedad como una elección de vida políticamente motivada, no simplemente como una preferencia personal sin dimensión colectiva o política, y al mismo tiempo, evitar convertirlo en una identidad o en un movimiento o en algo polarizador o moralista. ¡Resultó ser más difícil de lo que esperaba! Por suerte, las respuestas que consiguió el fanzine mostró que la mayoría de la gente que lo leyó fue capaz de ver más allá de la controversia alrededor del sXe y los asuntos que por debajo de esto quería tratar.

Respuestas y críticas

La respuesta más común que he recibido de les lectores ha sido el sentimiento de aceptación: la gente contó que los argumentos e historias en este fanzine coincidían con sus propios pensamientos y experiencias en formas que nunca antes habían escuchado. Esto me sorprendió a dos niveles: primero, el hecho de que tanta gente piense en los mismos asuntos y sienta una frustración y alienación similar; y también que hubiera tan poca gente hablando o escribiendo al respecto. Otra sorpresa: la mayoría de les que me han escrito sobre el fanzine no son totalmente abstemies, pero aun así sentían que el fanzine les hablaba a elles y a sus experiencias. Ciertamente un número de sobries/sXe han valorado positivamente estas ideas y las han usado para comprometerse, pero la mayoría de la gente, con diferencia, que me escribió, no lo hizo desde esa perspectiva, sino desde una mirada crítica de su propia intoxicación y de la cultura que la promovía. Además de la gente que provenía de un entorno joven punk/anarquista/activista, he recibido correo de chiques normales de la universidad, solitaries adolescentes de pueblos pequeños, antigues alcohóliques recuperándose, y otro tipo de personas.

La mayoría de críticas fuertes y acertadas que he escuchado son sobre la sección que escribí sobre intoxicación y masculinidad patriarcal. La sección que aparece como «Masculinidad, cultura de la violación e intoxicación» se mostraba muy diferente en la edición inicial; contenía un lenguaje que encuadraba la violencia sexual y de pareja en términos de género simplistas y erróneos, representaba a las trabajadoras sexuales de forma irrespetuosa y no daba ninguna advertencia para que la gente se preparara para mi discusión mordaz sobre cuestiones sensibles. Después de varias conversaciones sobre los defectos de la sección original, empecé a hacer circular un adjunto que incluía las críticas recibidas y una reelaboración dela sección conforme lo iba distribuyendo. La sección que aparece en esta antología presenta revisiones sustanciales que surgieron tras muchas conversaciones difíciles e importantes, a cuyes impulsores con gratitud debo una crítica con muchos más matices sobre las conexiones entre la intoxicación, la masculinidad y la violencia.

Críticas de diversa índole: varias personas sugirieron que podría haber hablado más profundamente sobre la importancia de espacios sobrios para gente en recuperación de alguna adicción, y sobre ideas de reducciónde daños y modelos de recuperación radicales. Algunes querían que desarrollara más cómo crear espacios que no fueran simplemente espacios de cuarentena, sino que en la práctica pudieran integrar a bebedores y no-bebedores en ambientes divertidos y libres de alcohol; también sugirieron evitar el término «espacios seguros» ya que implica miedo más que un rechazo, polarizando a la gente más de lo necesario. Otres querían más reconocimiento a la elaboración casera y al crecimiento de alternativas al control capitalista de la adicción. Unes poques rebaten mis ejemplos históricos en los movimientos radicales mencionando el papel que la intoxicación ha jugado en las historias de resistencia, desde disturbios de trabajadores borrachos hasta el consumo de drogas en la contracultura de los años 60’s. Algunes consideraron mi trato de les bebedores y consumidores demasiado prejuicioso e incapaz de estimular el tipo de diálogo y autorreflexión necesarios para romper con los patrones de negación, culpabilidad y juicio. Aprecié y reflexioné sobre todos estos y otros comentarios; algunos son el reflejo de cambios en esta edición, otros, espero incorporarlos en futuros temas del fanzine, y unos pocos decidí dejarlos sin cambiar aceptando que los argumentos y el tonoson intencionadamente provocadores por lo que siempre suscitarán crítica.

Afortunadamente, el fanzine ha provocado mucho más que críticas —ha inspirado diálogo y también iniciativas, tal y como he escuchado en historias de personas de todo Estados Unidos y fuera de ellos. En Maine, un grupo de punks copió y distribuyó el fanzine y organizaron una comida comunitaria sin alcohol para discutir los asuntos que suscitaba y su relación con el contexto local. Un grupo de anarquistas canadienses cambiaron el sentido de la librería comunitaria radical y el espacio para espectáculos que estaban creando después de leer el fanzine, al decidir promover el espacio como una alternativa social y explícitamente abstemia para radicales. En Carolina del Norte, une lectore creó un grupo de debate con reuniones semanales sobre sobriedad en un espacio radical comunitario. Cada quince días la reunión estaba abierta para cualquiera y la discusión giraba alrededor del rol de la intoxicación en sus ambientes radicales y cómo crear espacios alternativos; en semanas alternadas había reuniones cerradas para personas en recuperación de adicciones que querían apoyarse entre elles desde una perspectiva explícitamente radical. Estas y otras historias inspiradoras me han convencido de que les radicales pueden desafiar el rol de la intoxicación cultural en comunidades de lucha.

El futuro de la sobriedad radical

En los últimos años también he observado cambios en la cultura anarquista para romper con el dominio de la cultura de la intoxicación en nuestros espacios —en fanzines, talleres y muchos otros formatos, hemos hablado sobres nuestras complejas experiencias con las drogas, el alcohol, la adicción y la sobriedad de forma individual y colectiva.

Desde el lanzamiento de Hacia un mundo menos jodido, una variedad de fanzines han aparecido en los Estados Unidos tratando diferentes aspectos de la intoxicación, sobriedad y resistencia. Los siguientes son sólo algunos que he leído y disfrutado. Prescription for Change ofrece un relato personal de une adicte en recuperación, críticas desde dentro al modelo de AA[11] y una opinión externa sobre el sXe. Distress #1-2ofrece información crucial sobre la mitigación de daños y analiza cómo la intoxicación se ve reflejada en la salud mental. Out from the shadows #1-2 (sucesor del fanzine Encuentro) combina una perspectiva militante vegana y anarcoecologista sobre la sobriedad radical con un apasionado amor por el hardcore del sXe, y relaciona las luchas contra la cultura de la intoxicación con la resistencia de la civilización. Stash describehistorias personales de adicción y recuperación y también de violencia doméstica y sexual tratando el papelde las comunidades en la perpetuación o el enfrentamiento a esas dinámicas. Twinkle Pig #3.5 analiza la historia personal de exclusión de un integrante del sXe, su auto-redefinición y las críticas políticas de la cultura de la intoxicación. Total Destruction #1-4 se centra en la teoría anarco-comunista, la solidaridad entre preses y la eco-resistencia desde una perspectiva vegana sXe. Cuddle Puddles #1-3 presenta una posición vegana anarquista sXe en diferentes asuntos políticos y aspectos relacionados con el estilo de vida —#1 examina el valor que todavía tiene el sXe. Ruffsketch son crónicas humorísticas del activismo por los derechos animales y los viajes a través del país de une gamberre vegane sXe. Estos y muchos otros fanzines documentan la oleada de reflexiones y acciones que está teniendo lugar en los ambientes radicales sobre la intoxicación y la sobriedad.

Esta explosión de debates sobre la sobriedad radical impresa ha continuado cara a cara en las reunionesradicales. Mi primera experiencia como tal tuvo lugar justo después de la publicación de Hacia un mundo menos jodido al comienzo de 2004, en la Conferencia Nacional sobre Resistencia Organizada en Washington, una gran conferencia anti-autoritaria que se celebra cada año. Presenté con tres amigues untaller titulado “Beyond a Culture of Oblivion”[12] que trataba la potencial contribución de la sobriedad radical a la resistencia anarquista. Para nuestra sorpresa, el taller estaba abarrotado hasta la puerta, con más de 100 personas intentando colarse en una estrecha y apretada clase, demostrando el deseo generalizado de diálogo en torno a la intoxicación en las comunidades radicales. Presentamos algunas críticas básicas a la intoxicación, encuadradas por relatos de nuestra experiencia, discutimos el rol de la sobriedad y les individues sobries en varios movimientos radicales en diferentes momentos y lugares e intentamos lo mejor que pudimos facilitar una discusión sobre el impacto que el consumo de drogas y alcohol ha tenido en lasdiferentes comunidades de lucha representadas por la gente que estaba presente. La habitación recogía a todo el mundo, desde malhumorados miembros del sXe con sus sudaderas «que te den si fumas», hastaintransigentes bebedores y consumidores de drogas que defendían sus elecciones con vehemencia, y en ocasiones el antagonismo salió a la superficie. Pero sobretodo, la mayoría de participantes parecían estar agradecides simplemente de tener un espacio en el que abiertamente descargar sus frustraciones tanto por el dominio de la cultura de la intoxicación a su alrededor como por la inadecuación de los juiciosos grupos del ambiente sXe como alternativas viables. Distribuimos copias de Wasted indeed! y Hacia un mundo menos jodido, y animamos a la gente a continuar la conversación en sus contextos y en casa. Finalmente, nos sorprendió el éxito que había tenido el taller y nos motivamos por el entusiasmo de haber tratado las cuestiones de forma constructiva.

Desde entonces, los talleres y debates sobre la intoxicación y la sobriedad han aflorado e incrementado sufrecuencia en las reuniones radicales. La gente se junta para discutir estos asuntos en eventos que van desde la Richmond Zine Fair hasta la CrimethInc. Convergence, desde el festival C.L.I.T (un festival punk feminista) hasta el Earth First! rendezvous y otros muchos. Personalmente ayudé a desarrollar talleres en dos reuniones raciales trans/queer, en la conferencia Florida United Queers and Trannies, y la convenciónSweaty Southern Radical Queer and Trans, la última funcionaba como una reunión completamente abstemia, la primera conferencia específicamente trans/queer que he escuchado que lo hace y para nuestra sorpresa les organizadores recibieron un apoyo casi total de les participantes para respetar el acuerdo de lugar libre de alcohol y drogas. Cada vez más encuentros crean espacios sin alcohol para personas que no las quieren o no las necesitan, fomentando eventos sociales sin alcohol ni drogas, e incluyendo debates sobre el consumo de sustancias y en líneas más generales, sobre el consentimiento y el respeto. Esto representa un sutil pero importante cambio en la cultura radical hacia el cuestionamiento del arraigo de la cultura de la intoxicación y abre espacio para la sobriedad radical sin imponerlo de arriba abajo como norma.

Curiosamente, la mayoría de estos debates y espacios en los que he formado parte no han usado el marco de trabajo del sXe para conceptualizar la elección de la sobriedad. De hecho, mucha gente dice cosas del tipo «No soy sXe pero…» para describir sus elecciones en cuanto a su sobriedad o a la crítica de la cultura de la intoxicación, lo que indica que todavía muches punks en Estados Unidos y anarquistas mantienen asociaciones negativas hacia el sXe. Creo que es pronto para anunciar el fin del sXe o para empezar a hablar de una sobriedad radical post-edge —pienso que esta antología deja claro que el sXe todavía mantiene poder y relevancia para mucha gente alrededor del mundo. Pero claramente deberíamos abrazar formas diferentesde forjar identidades de sobriedad radical, incluyendo el sXe pero sin limitarlo al mismo. En mi opinión, sean cuales sean las relaciones que se puedan tener con el fenómeno sXe, las críticas subyacentes y las visiones positivas alternativas siguen siendo tan relevantes hoy como lo fueron durante los días de Minor Threat. Espero que mi fanzine, esta antología, y todas las conversaciones que se derivan de ella nos ayuden a encontrar las herramientas que necesitamos para luchar con uñas y dientes contra la cultura de la dominación sin perder nunca el amor y el apoyo hacia otres por el camino.

[1] Es un movimiento que nace en los años ochenta del siglo XX dentro de la estela del punk. Toma su nombre de una canción de la banda de hardcore estadounidense Minor Threat cuya letra sienta las bases del modo de vida que los identifica: evitar el tabaco, las drogas, el alcohol y cualquier sustancia que pueda alterar la percepción de los sentidos, y mantener relaciones sexuales solo dentro de parejas estables. Muches straight edge también son vegetarianes o veganes, pero esta condición no es indispensable, no se considera que haya exigencias o requisitos: simplemente las personas que se identifican con este movimiento se comportan de acuerdo a un estilo de vida coherente con su forma de ser.

[2] Abreviación de Straight Edge. También se usa X o xXx. Las personas sXe, inspiradas por el hecho de que en los bares se marcara con una X las manos de les menores porque no podían beber, tomaron la idea y empezaron a marcarse las manos con la letra equis para que las personas supieran que no bebían.

[3] El texto original utiliza «substance-free».

[4] A modo de aclaración: no quiero que pedir a los hombres que beben alcohol a examinar su comportamiento sugiera falsamente que los hombres sobrios en general estén libres de culpa, sea poco probable que realicemos agresiones sexuales o no, necesitamos examinar nuestros modelos de consentimiento y de sexualidad. Esto es bastante elitista, en cuanto a cómo coloca a los hombres sobrios (especialmente a mí) en algún tipo de nivel de culpa menor, diferente; y es también peligroso que implique un menor nivel de alerta en nuestra responsabilidad de ser capaces de sobrepasar los límites puestos por la gente. Todes nosotres, cualquiera que sea nuestro género, sexualidad o consumo de sustancias, hemos crecido en la cultura de la violación, y en especial las personas socializadas como hombres han sido objeto de mensajes especialmente dañinos sobre la masculinidad y la violencia sexual. Aunque el alcohol, junto con la unión que los medios hacen de la masculinidad y la intoxicación pueda ser usado por los hombres para favorecer esta cultura de la violación, elegir beber o no beber no nos hace estar menos sujetos a la socialización que hemos recibido, ni tener una necesidad menor de una mirada crítica al consentimiento y a la sexualidad.

[5] Propietarios ausentes son aquellos que no dirigen personalmente su negocio a pesar de ser los dueños, ni viven en la comunidad donde se ubica el negocio. Los estudios muestran que el dinero se reinvierte por triplicado en la comunidad cuando no existen este tipo de negocios.

[6] ABC – siglas en inglés para control de bebidas alcohólicas. En algunos estados es el gobierno el que tiene el monopolio de la venta de alcohol a través de estas tiendas.

[7] Raveros, raveras, raveres, personas que frecuentan fiestas rave.

[8] Chicas que iban a las discotecas vistiendo tutús, zapatos de plataforma y locos atuendos.

[9] En inglés se utiliza la expresión be fucked up, para “estar jodide” e ir “jodide”.

[10] La economía del don es una teoría social en la que los bienes y servicios se otorgan sin un acuerdo explícito de quid pro quo. Se basa en el principio de vivir bajo la premisa de «que a mi vecino no le falte nada». Una segunda premisa sería el trabajar con un nivel de conciencia donde «lo que hagamos hoy no sea recordado mañana», ya que nuestras actuaciones se basan más en el amor al prójimo que en el interés o la vanidad.

[11] Alcohólicos Anónimos.

[12] “Tras la cultura del olvido”.