Louise Michel fue probablemente la portavoz más conocida y popular del socialismo y del anarcosocialismo durante los años 80 y 90 del siglo XIX, hasta su muerte en 1905. A través de su actividad como oradora en inglés y francés llegó literalmente a cientos de miles de personas, iniciándolas en el socialismo. A su entierro acudió una inmensa cantidad de parisinos pobres y fue el segundo funeral más multitudinario en la historia de Francia hasta la fecha, superado solamente por el de Victor Hugo. Todavía hoy —ya que su visión del mundo a menudo parece demasiado melodramática para la mente moderna, y porque los historiadores socialistas con frecuencia se dejan impresionar más por estudios extensos sobre nimiedades teóricas que por las verdaderas relaciones con la población oprimida—, es prácticamente desconocida.

Como muchas de sus homólogas y contemporáneas, Louise Michel parecía más una monja devota que una «mujer emancipada», como se dice actualmente. Pauline Roland (una comunerade 1848), Nathalie Lemel (combatiente con Michel en la Comuna de 1871) y Louise Michel, se identificaron seriamente con su causa y rechazaron diferenciar su vida pública de su vida privada. No era atípico, para tales revolucionarias de apariencia monjil, la entrega a la gente, la extrema degradación física, el ascetismo y moralismo sexual y unas vidas tranquilas y modestas —a menudo como «solteronas»—. Las vidas de estas mujeres estuvieron marcadas no sólo por el altruismo, sino también por la creencia de trascender una existencia «realista» hasta el nivel de convertirse en un símbolo. Así, también mostraban un marcado desdén por el ejercicio del poder en el sentido político ordinario y exhibían una considerable propensión hacia las visiones que transportaran a un plano etéreo/inspirador, por el cual se obtenía una comprensión del significado puro de la revolución. En muchos casos, su ideal consciente por la emulación estaba basado en Juana de Arco, Jesucristo, o —como en el caso de Louise Michel— en las antiguas vírgenes guerreras y las druidas gaélicas que ayudaron a derrocar a los invasores romanos de las Galias con sus primitivos talentos físicos y su sabiduría sobrenatural.

Aunque la tradición radical masculina en la Francia del siglo XIX estuvo a menudo dominada en palabra, espíritu y obra por un racionalismo extremo que amputó de raíz la influencia de la Iglesia en las vidas de los feligreses, las lideresas revolucionarias personificaron un nuevo tipo de sensibilidad, encaminada a ser espiritualmente trascendente, rayando el carácter místico. Aunque estas mujeres también se adhirieron a la tradición materialista, racionalista y positivista que era considerada radical en aquel tiempo, la evidencia de sus vidas, manifiestos y escritos ponen nuevos elementos en juego, los cuales difieren sustancialmente de los temas dominantes en la tradición radical masculina. Esto ayuda a explicar la formación de las distintas variedades revolucionarias de hombres y mujeres y cuáles podrían ser las implicaciones estratégicas e ideológicas de estas diferentes imágenes de sí mismas.

De la iglesia a la comuna

Las actividades radicales de Louise Michel no empezaron hasta que tenía 41 años, durante la Comuna de París de 1871, a la que consideró un punto de inflexión en su vida. Antes de este momento histórico era otra simple institutriz, es decir, una maestra solterona de escuela primaria en París. Es verdad que ya se había involucrado en los años 60, pero por aquel entonces también cantaba habitualmente en el coro de su iglesia católica local; hasta la Comuna, cuando se convirtió en una anticlerical verbalmente violenta, como la mayoría de los demás comuneros[1]. Sin embargo, nunca fue literal o ideológicamente dogmática y su cambio de opinión parecía completamente sincero y creíble.

París supuso un gran cambio respecto al ambiente de su infancia en las provincias al norte de la capital. Nació como hija ilegítima de una sirvienta en una familia noble rural. Fue educada y criada como parte de la familia, un hecho nada inusual si el patriarca o su hijo estaban implicados en la paternidad del hijo de una sirvienta. Durante muchos años, la futura Louise Michel se llamó Louise de Mahis, el apellido de la familia donde servía la madre de Louise, Marianne. Ella y su madre permanecieron con los de Mahis hasta la muerte del cabeza de familia y la venta de la hacienda, momento en el que la sirvienta de toda la vida de la familia y su hija ilegítima se mudaron a París. Allí, la excepcional educación de Louise en música, arte y literatura le ayudó a conseguir trabajo en la docencia, para la manutención de ambas.

Como maestra de escuela, vivió con otras profesoras tras abandonar el hogar de su infancia. Cuando se radicalizó, a pesar de sus diferencias ideológicas, continuó junto a su madre, cuidándola y preocupándose por ella hasta su muerte, que sucedió mientras Louise estaba en prisión en los años 80 del siglo XIX. Al morir su madre, las únicas compañeras de Louise fueron sus fieles amigas. Años más tarde vivió con otras jóvenes mujeres como Marie Ferré, la hermana pequeña del camarada y mártir comunero Théophile Ferré. Nunca experimentó con ningún hombre una relación similar, tan íntima y afectuosa.

Parece que idealizó por completo todas sus experiencias con hombres. Su musa de inspiración poética durante la adolescencia fue Victor Hugo, quien a su vez la ensalzó e inmortalizó en un poema de homenaje. Ella disfrutó de relaciones similares con destacados radicales y hombres de letras como Kropotkin y Henri de Rochefort. Resulta muy improbable que estos contactos, que eran la fuente de mucha de su energía creativa, se complicaran de algún modo por una relación física real.

De hecho, muchos hombres de letras la idealizaron, tanto como ella a ellos. No sólo Victor Hugo escribió poemas sobre su valentía, sino también los poetas Verlaine y Rimbaud. Resulta interesante señalar que, incluso un nacionalista de derechas como Maurice Barrès le tenía admiración, o al menos a lo que representaba en la historia francesa: «Es una santa; tiene el fuego divino (la flamme)».

Su ascetismo sexual (para el cual hay también obvias razones sociales como la total inaccesibilidad a los anticonceptivos, y los tabúes sociales sobre la sexualidad femenina) la convirtió aún más en ángel de bondad, la soeur de charité, que aún era un poderoso símbolo en la muy católica Francia del siglo XIX. Incluso entre los hombres radicales anticlericales, su imagen de mujer altruista y asexual que desafió a todo y que estaba dispuesta a ayudar a todo el mundo, era un ideal completa y verdaderamente loable.

Militancia, mística y martirio

Una vez que se declaró la Comuna, Louise Michel se encontró como pez en el agua. Durante esos días fue literalmente incansable, normalmente no iba a casa o no dormía durante díasenteros. Iba a las reuniones de muchas organizaciones, trabajaba con todo el mundo, comprometiéndose a ayudar a otros, al tiempo que tenía cuidado en no identificarse con ningún grupo en particular. Haber sido partidaria de una organización concreta habría sido contrario a su estilo, a pesar de que su propia ideología en aquel momento era muy vaga e imprecisa, si se juzga en términos de desarrollo intelectual tradicional.

Desde marzo a mayo de 1871, hasta que la Comuna fue finalmente liquidada por las fuerzas de Versalles, Louise vivió constantemente bajo amenaza de muerte. A veces buscaba de forma consciente exponerse a las situaciones más extremas y peligrosas. Reunía a los heridos y los vendaba en el campo de batalla; pasó bajo el fuego enemigo para rescatar un gato; también bajo los disparos leía a Baudelaire junto a una estudiante; tocó el armonio cerca de una barricada en una iglesia protestante en Neuilly.

Una noche de combate intenso, visitó la tumba de una antigua amiga en un cementerio situado en unas colinas a las afueras de París. Más tarde describió vivamente este extraordinario suceso en una carta a su compañero comunero, Théophile Ferré[2]. En el cementerio sintió la presencia de su amiga, como si las diferencias entre la vida y la muerte ya no tuvieran sentido, como si hubiera percibido la intemporalidad de un momento en el cual pasado, presente y futuro estuvieran unidos. Había experimentado la vida en otro plano. Sólo en otra ocasión documentó una experiencia transcendente similar y fue a una edad muy avanzada, tras haber sido alcanzada por la bala de un asesino y creer que estaba descansando en su lecho de muerte.

La mística revolucionaria de Louise Michel no debería ser considerada como atípica entre otras lideresas de la Comuna. Louise, poeta y novelista tremendamente imaginativa por derecho propio, y profundamente impregnada en la fantasmagoría de la tradición romántica francesa, era más consciente de vivir a través de cierta imagen o mística que muchas otras mujeres. Pero incluso aquí uno no puede dejarse llevar y representarla como una «farsante» o una «chiflada»; su mística fue su vida y su inspiración. Otras comuneras crearon imágenes similares. Leemos sobre mujeres fieras, vestidas con el tradicional atuendo revolucionario francés lleno de bandas rojas, poniéndose en pie para lanzar un discurso enfurecido en los clubespolíticos; sobre Beatrix Excoffon[3], enfrentándose con determinación al enemigo, marchando con una bandera roja para ayudar a las personas heridas en el campo de batalla.

Durante la confusión de la Semana Sangrienta, en mayo de 1871, que terminó con la masacre de los miembros de la Comuna a manos de las tropas de Versalles de la Tercera República, Marianne Michel fue arrestada tras haber estado a punto de ser asesinada de un tiro en lugar de su hija. Louise se apresuró al centro de detención y salvó a su madre en el último momento. A esto le siguieron dos procesos judiciales antes de que finalmente fuera sentenciada al exilio en Nueva Caledonia, por su papel en la Comuna de París.

La llama de la anarquía

Toda su vida posterior al exilio, a la edad de 41 años, hasta su muerte a los 75, estuvo profundamente influida por su participación en la Comuna. Después de esas vivencias creyó que ella misma representaba la revolución social y se comportó en consecuencia, viviendo siempre con una carencia material absoluta, con lo poco que podían prestarle viejas amistades o lo que podía ganar con sus charlas y escritos, la mayoría de los cuales regaló.

Su ideología, vagamente descrita como anarquismo, fue desarrollada en gran medida durante sus años de exilio. Una vez más, declaró siempre que su creencia en el anarquismo fue el resultado de sus experiencias políticas personales. La relación de Louise Michel con su ideología fue completa; no podría haber soportado ninguna hipocresía en su vida personal ni ningún compromiso con prácticas políticas que no fueran las suyas.

En ciertos aspectos, la particular relación de Louise Michel con su ideología influyó en la esencia misma de ésta. Si bien no toleraba de ninguna manera los grupos y medidas políticasreformistas —rechazó la candidatura de un grupo de mujeres para presentarse a un cargo político porque creía que la reforma electoral no podría promover ni ayudar a hacer la verdadera revolución— era, a pesar de ello, sólo dogmática en el sentido de creer que el «sueño», el nuevo mundo, la revolución social, no debían ponerse jamás en peligro. La destrucción del orden antiguo se debe completar para permitir la construcción total del nuevo. Por otro lado, no le interesaban las oscuras discusiones teóricas y sus implicaciones para su ideario.

Su anarquismo era radical, pero a causa del énfasis en los principios de descentralización, antiestatismo y antiautoritarismo, no fue nunca intelectualmente dogmático; hasta el punto que se expuso a un levantamiento popular con implicaciones radicales inesperadas. Al igual que durante la Comuna, Louise Michel no hizo distinciones entre su vida, sus necesidades yemociones, y las vidas, las necesidades y emociones de aquellos oprimidos a su alrededor, a quienes ayudaba.

En política, la identificación de uno mismo con sus creencias es intelectualmente compatible sólo con una ideología que afirme la unidad de los medios con los fines. Así, tras la Comuna, Michel creía que ninguna estructura política dominante o jerárquica como medio podría ser compatible, incluso durante un periodo de crisis o de transición, con un fin totalmente liberador y revolucionario. Su propio concepto de una teoría política legítima para la revolución sólo podía ser de tipo no dogmático. La teoría tenía sus raíces en situaciones históricas y sólo podría ayudar genuinamente en el nacimiento de una revolución si emergía y evolucionaba en una rebelión creada y perpetuada por el pueblo.

Muchas de las incompatibilidades históricas, y la incomprensión de la conciencia radical de las mujeres por parte de las ideologías radicales de los hombres, tienen su origen en la base misma de las políticas feministas: lo «personal es político» y lo «político es personal». De alguna manera, siempre que un hombre intenta comprender esta realidad, la expone de dos formas: como puro egoísmo, o como simple martirio. Aunque muchas mujeres socialistas como Louise Michel no se concentraron en la innovación y desarrollo de la teoría como una prioridad principal de su propio derecho, sus contribuciones fueron menos reconocidas, pero igualmente valiosas: en particular aquella devoción y servicio a las necesidades de la gente real a su alrededor. Su actitud hacia sus propias creencias fue tal, que su modo de expresar su activismo se orientó más a moverse con —fluir con— los elementos más positivos y amplios de la corriente revolucionaria, que a mantener una separación ideológica a fin de frenar, dirigir, o de cualquier otra manera, manipular esta corriente. Así, la Revolución creó estas organizaciones, en lugar de la tendencia contraria dominante de hacer que las organizaciones intentaran crear la Revolución.

Declaración de Louise Michel

«Me convertí en anarquista cuando nos exiliaron a Nueva Caledonia por nuestras actividades en la Comuna de París. En los barcos del Estado, nos enviaron con condenas dolorosas y difamatorias, a las que fuimos por completo indiferentes; y ya que obedecíamos a nuestras conciencias, habríamos sido criminales si nos hubiéramos comportado de un modo diferente a como lo hicimos: más bien, nos reprochábamos no haber sido más rebeldes; la tristeza en ciertas circunstancias es traición.

»Para hacer que nos arrepintiéramos por haber luchado por la libertad, y para protegerse contra tan “grandes delincuentes” como nosotros, siempre nos ponían en jaulas como a leones o tigres.

»Durante cuatro meses en el barco, no pudimos ver nada más que cielo y agua, y ocasionalmente el velamen de algún barco, como el ala de un pájaro, en el horizonte —y esa sensación de monotonía era alarmante—. Allí teníamos todo el tiempo del mundo para pensar, impulsados por el suave ritmo de las olas, que se elevaban infinitamente en la distancia o desaparecían todas a la vez en las profundidades inmensas, el estridente silbido del viento en las velas, el gemido del buque bajo el oleaje; allí estábamos, a merced de los elementos y con la Ideamagnificada.

»¡Y bien! La intensidad al contrastar las cosas, los sucesos, los hombres… Al haber visto a nuestros amigos y amigas en la Comuna tirando enérgicamente sus vidas por la borda, tan íntegros y tan aterrados de no ser aptos para sus tareas, yo me convencí pronto de que las personas honestas en el poder serán tan inútiles en él como son dañinas las deshonestas, y que esimposible que la libertad se alíe jamás con ningún tipo de poder.

»Sentí que una revolución que formara cualquier tipo de gobierno sería algo contradictorio, que no abriría de ninguna manera las puertas al progreso, y que las instituciones del pasado, que parecían esfumarse, en realidad, habían permanecido bajo nombres cambiados. Forjadas en las cadenas del viejo mundo, estas instituciones formaron un único bloque que debía desaparecer completamente para dejar paso a un nuevo mundo, feliz y libre, bajo los cielos.

»Vi que las leyes de la atracción, que sin cesar llevan incontables mundos hacia nuevos soles entre las dos eternidades del pasado y del futuro, también presiden los destinos de los seres humanos en un progreso eterno que los atrae hacia un ideal verdadero, siempre cambiante y en crecimiento. Por ello, soy una anarquista, porque sólo la anarquía conlleva la felicidad de la humanidad. Y trabajo por el objetivo supremo, la idea más elevada que la racionalidad humana puede comprender: la anarquía.

»Respecto a cuándo sucederá esto, los progresos, aún desconocidos, continuarán. ¿No es de conocimiento general que lo que es una utopía para una o dos generaciones, se hará realidad para la tercera generación?

»Sólo la anarquía puede brindar conciencia ética al ser humano, ya que únicamente ella puede hacerle totalmente libre. La anarquía significa la completa liberación de las hordas de esclavizados y por ello, de su verdadera humanidad.

»Para todo ser humano que participe en el poder, el Estado es como el hueso que se da al perro, y por esta razón defenderá el poder del Estado.

»Si el poder nos hace agresivos, egoístas y crueles, la servidumbre es igualmente degradante; la anarquía significará el final de la horrible miseria en la que la raza humana ha languidecido siempre; sólo la anarquía no se convertirá en una reanudación del antiguo sufrimiento. Cada vez más, atrae los corazones atemperados en la batalla por la verdad y la justicia.

»Para luchar contra la desesperación, la humanidad desea vivir y adherirse a la anarquía, con la que debe comprometerse para salir del abismo; esta lucha es la dureza que ha surgido bajo las rocas; cualquier otra idea es como ruinas y hierbajos arrancados. Debemos luchar no sólo con coraje, sino también con lógica. Es hora de que el verdadero ideal, que es superior y más hermoso que todas las ficciones que le han precedido, sea mostrado de forma suficientemente precisa para que las masas desheredadas no sigan derramando su sangre por falsas quimeras.

»Por esto soy anarquista».

[1] «Louise Michel presidía una reunión de mujeres tres veces a la semana en la grande rue de la Chapelle. Allí propuso “la abolición inmediata de la religión organizada y su sustitución por una moralidad más severa” que, para ella, consistía en “tratar a todos los demás y a uno mismo con justicia”. Durante las reuniones del club algunas mujeres subían al púlpito para denunciar al clero con violencia retórica. En el club de Saint-Sulpice, Gabrielle, de dieciséis años de edad, tronaba: “Tenemos que fusilar a los sacerdotes […]. Las mujeres se ven perjudicadas por la confesión […]. Por consiguiente, insto a todas las mujeres a apoderarse de todos los sacerdotes y quemar sus feas tazas […]. ¡Y lo mismo hay que decir de las monjas!”». John Merriman, Masacre. Vida y muerte en la Comuna de París de 1871, Siglo XXI, Madrid, 2017 [Todas las notas son de La Congregación].

[2] Théophile Ferré (1846-1871), oficinista y militante blanquista. Dirigió la defensa de los cañones de la Guardia Nacional que sirvieron como pretexto para el levantamiento del 18 de marzo 1871 y propuso marchar inmediatamente después sobre Versalles, donde se encontraban la Asamblea Nacional y el gobierno de Adolphe Thiers. Fue miembro del Comité de Vigilancia de Montmartre junto a Louise Michel, Paule Minck, etc., y ocupó otros cargos durante la Comuna. El 24 de mayo, dio su consentimiento para la ejecución de rehenes, entre los cuales está el arzobispo de París Georges Darboy. El 2 de septiembre fue condenado a muerte y ejecutado en el campo de Satory.

[3] Béatrix Œuvrie, señora de Excoffon (1849-?), comunera y militante anticlerical. A partir del 18 de marzo, milita en el Comité de Mujeres para la Vigilancia del barrio de Montmartre y se convierte en vicepresidenta del «Club de la Boule-Noire», manifestando un anticlericalismo muy virulento. El 3 de abril, encabeza una manifestación de mujeres cuyo objetivo es marchar hacia Versalles para detener el derramamiento de sangre, pero al final convence a las congregadas de que lo mejor que pueden hacer es socorrer a los heridos. A la caída de la Comuna es confinada en Satory. El 13 de octubre de 1871, el consejo de guerra la condenó a la deportación, pena que le será conmutada por 10 años de prisión, pero fue liberada el 26 de septiembre de 1878 por «buena conducta».